Feliz día

A Zoila

 

Los golpes son el único recuerdo

después de una vida pálida y comprimida

nada estuvo bien desde el principio.

El primer puñetazo marcó su rostro

y su existencia antes alegre y transformada por puntapiés, insultos, escupitajos, empujones, pellizcos y traiciones a la luz del día,

como cargar un silicio en el espinazo,

jamás levantar la cabeza, siempre responder:

Sí, mi vida. No, mi vida. Lo que tú digas, amor.

Frases hasta irónicas que salían de un cuerpo

ajado y manchado por la truculencia de la

violación, del desencanto, del grito sordo que se pierde en el olvido,

del estatismo de armadura de quienes le rodean,

de la sangre de su sangre, enceguecida por el dios del dinero,

por el qué dirán, por el cielo de hierro que amenazaba con destrozarles el apellido, el buen nombre, el estatus tan preciado.

Unos seres inertes que se limitan a observar, como ajenos a los sucesos, zombies de un dolor protervo, serpientes que se mueven al son de una flauta elaborada con oros y piedras preciosas,

como crueles científicos probando los refinamientos de la crueldad.

Y encima todos se agolpan, como ratas hambrientas,

a su alrededor, y profanan su integridad, la que tiene bien

guardada en el fondo luminoso de su corazón todavía latente,

valiente y buscador de justicia.

Y se atreven, caras de piedra y corazones huecos,

 a llegar a su casa, a convenir con la fiera que vive a su lado

y que la carcome como sanguijuela voraz.

A venir, rodearla, abrazarla, besarla, con sus babas venenosas,

con sus abrigos de hipocresía, con sus autos de muerte y sus

modales de película mexicana.

Y decirle en coro: Feliz día de la mujer, esposa, hija, tía, sobrina, amiga... y todos los apelativos posibles, tangibles pero indeseables,

Desechables, repudiables hasta el hartazgo.

Y ella, como un sentenciado a la pena de muerte,

hasta debe sonreír y tragarse toda su ira, pero nada dura para siempre, ni la más cruenta batalla injusta y desigual.

Mañana mismo se lavará la cara de tanta escoria

y será libre, libre para respirar, luchar, cantar, sentir,

palpar sin temor la belleza del trasiego diario

la hermosura de un día sin bofetadas ni recriminaciones,

destruyendo la cadena que la ata a esa catacumba.

Sin la hoz que pesaba sobre su cabeza, sin sentirse vigilada,

acosada, en libertad condicional, por el delito de la credulidad,

de la inmadurez, del ciego enamoramiento,

que le ha destajado la piel en hilachas finas y largas.

Lo jura por la memoria de sus hijos, y jura también jamás festejar ese día de mierda, como si 24 horas pudieran borrar una vida de tormentos, vacíos y violencia extrema.

Ríe y se alista para el gran paso, despertando de sueño magenta

Recordando la inocencia de sus hijos que

incapaces de resistir al verdugo descansan en la eternidad.

Mientras los demás creen que la tienen en su poder

como una abeja cautiva entre unas manos sangrientas.

Les ve las caras, bajo las máscaras de buenos ciudadanos

se esconde la maldad concentrada en estado puro.

Ríe y celebra lo que vendrá, ya falta poco.

El corazón le late como un tambor de guerra

pronuncia los nombres de sus ángeles

y mira al cielo, con algo muy parecido a la esperanza

que crece en su pecho amoratado y firme.

Jueves

La angustia no logra atravesar, esta vez, el endeble físico. El examen, una rinoscopía, no logra ahuyentarme de mi propósito de mantener la calma y lograr que las enfermeras digan “qué buen paciente que ha sido”. Lo logro, pues me concentro en unos relatos de Kafka que he leído la noche anterior, y olvido la situación, un tanto desesperante, en la cual estoy inmerso. Simplemente me dejo llevar, borro de mi mente esa especie de estrangulamiento por mi bien, y la dificultad para respirar normalmente.

Después del examen, que es como engullir una manguera, el resultado es positivo, o por lo menos no negativo. No voy a morirme, lo sueño con frecuencia, pero no derramo lágrimas por ello, y estoy capacitado para continuar con el ajetreo diario y la manía de escribir.

Dos consejos me ha dado la doctora, excelente en todos los sentidos, por cierto. El primero, posible, el segundo, algo quimérico y por lo mismo más entrañable.

Me ha dicho que debo hacer deporte, lo hago pasando un día, le digo. Y el otro, me ha pedido que no me preocupe demasiado por el trasiego diario; que el estrés es mal consejero. La miro a los ojos, le agradezco sinceramente y regreso a casa, pensando en que es imposible no sentir emociones, cuando te han criado y te han creado para ello. Pero me agradó el consejo, aunque siento que ya voló de mi lado, y que su esencia permanece merodeando por ahí, a la espera de un mal paso.

Día de paga

Otra vez la misma secuencia de hechos violentos sin ningún sentido. Esta vez la televisión presenta escenas de crónica roja, acompañadas de un discurso tanto o más cruel que las imágenes; la comida permanece fría y la casa, extraña y molestosamente, se encuentra repleta de intrusos, de seres que solamente llegan cuando la mano viene bien. Como ahora que es fin de mes y los “amorosos” se acuerdan de que tienen amigos y familia.

Yo llego un poco borracho, solamente unas cervezas en el bar, unas canciones de los Beatles, un acorde por aquí, una conversación por allá. Saludar con los amigos, con el barman, con la chica que sirve de mesa en mesa, siempre con una sonrisa. Nunca me he atrevido a hablar con ella, mi timidez se desvanece con el alcohol, pero cuando ha desaparecido se presenta la borrachera, con lo cual el remedio es peor que la enfermedad; y finalmente no puedo hablar con la hermosa joven.

Después, la larga caminata desde El Ejido hasta la casa, con la esperanza, cada vez más débil, de encontrar una porción ya no de afecto simplemente de comprensión: que la mujer pregunte por lo menos cómo me fue; que los dos jovenzuelos corran a abrazarme, con frases como papi, o algo parecido.

No es que necesite esa porción sentimental en mi cuerpo, pero tampoco tanta indiferencia, que quema y desgasta. Nunca soñé con eso, en realidad nunca soñé con nada, y ahora me veo en el espejo del baño y el ruido de las carcajadas en la pequeña sala me enferma, entra por mis oídos y sale como humo por mis orejas.

Salgo y, con voz fuerte, protestó, manoteo, escupo, muerdo y pataleo. En minutos el silencio cubre la habitación; los invitados se han ido, alguno me ha dejado un recuerdito en el cuerpo. Los jovenzuelos, que al menos en teoría son mis hijos, ni siquiera se han percatado del incidente; la mujer me reclama mientras me echa agua fría.

–Te juro que no, solo han sido un par de cervezas –le digo, y no sé por donde escapar.

Inmóvil, tragándome los dos centímetros de dignidad que me quedan, le pregunto:

–¿No tienes algo de comer?

Esta vez no puedo esquivar el golpe, que duele también por lo repetido de la situación. Mañana mismo le armo conversación a la mesera; recuerdo que al día siguiente es domingo y no abren el bar. Me lamento de mi mala suerte encerrado en el baño, con la sensación de que he llegado al límite y no hay regreso posible (reflexiones de tragos que se perderán en la aburrida sobriedad del insoportable domingo que amenaza con aparecer de un momento a otro).

Gemelos

Jamás esperé algo que cayó de sorpresa, y me convirtió en un hombre un poquito más dichoso, y dejó atónitos a todos los espectadores del circo de la ciudad. Imposible prevenir, peor lamentar, los designios de la naturaleza; la magia de la procreación. Nunca esperé nada, ni pedí ni clamé; simplemente, y con todas mis fuerzas, viví y vivo intentando ser fiel a mis convicciones (pocas pero firmes). Me encanta quemar mis días junto a mi familia, del lado afectivo de mi hijo, de su inocencia, audacia y tesón, de sus tres años plenos, movidos y alegres. Y ahora la sorpresa: volveré a ser padre, esta vez de gemelos. Dos en uno, de sopetón. Y siento un dolor en la boca del estómago y estoy en shock, como si estuviese dentro de una licuadora eternamente encendida; y en cada vuelta sonrío más ampliamente y gozo el momento, e imagino, imagino, tantas escenas, imágenes que muy pronto vendrán, que ya están en mí, que me llenan con su simple anhelo, con el saber que pronto van a venir. Y seremos cinco, como un puño, como una mano extendida.

partido

Partido complicado el de ayer, más difícil aún que reunir a los jugadores de mi equipo. Hace diez años resultaba tarea sencilla, hoy cada uno tiene sus trabas: las esposas no les dejan ir, no tienen dinero, están chuchaquis, o deben atender las tareas del hogar, o a sus amantes.

Así, los peores rivales del equipo nacido en el barrio América son las mamás, las mujeres, los hijos, las ocupaciones. Pocos han logrado integrar a su familia en la actividad semanal que nos devuelve a una lejana infancia y nos iguala por lo menos durante dos horas, en las que luchamos por una misma causa sin distingos que no sean las posiciones en la cancha.

En definitiva, hemos ganado, por un gol de diferencia, y con varios lesionados y extenuados; a mí me han pateado en la cadera y, gracias a que el día anterior me desmandé, he tenido que salir de la cancha. Además una vieja lesión no me permite rendir como quisiera. El doctor me ordenó dejar de jugar, claro que no le hice caso y tampoco comenté con mis amigos esa brutal sentencia del galeno, que me la tiró así nomás, sin anestesia, sin considerar que desde los 12 años he jugado todos los fines de semana, y que eso significa para mí algo que él en toda su vida no entendería.

Con todo, conseguimos los tres puntos.

Después preferimos pasar la sed con gaseosa, ya no con cerveza únicamente por falta de presupuesto (otra de las buenas razones por las que las familias no cooperan con el equipo, por el post partido repleto de espuma y humo de tabaco).

Sentados junto al quiosco de comida, presenciamos una descomunal batalla campal entre dos equipos de fútbol. Las patadas en la cara y los puñetazos resonaron y convirtieron a la cancha en un improvisado y sangriento ring. Muy tarde llegaron los guardias de seguridad y desalojaron a los furibundos que se prendieron por una falta aleve de un mañoso, y conocido, jugador que propinó un puntapié por la espalda a su eventual adversario, un tipo gordo y de edad, pero con una fortaleza, con un as bajo la manga: sus sobrinos e hijos, todos jovencitos, que como en jauría cayeron sobre su presa y sin ninguna pena le metieron una buena paliza.

Eso es lo malo del fútbol: no tener sobrinos ni hijos, y ver las peleas desde lejos.

Cuando llego a la casa, mi madre, querida y bienhechora, me pregunta con su voz cálida: ¿Para qué vas a jugar? ¿Por qué insistes en seguir con eso si estás lesionado?

Yo me acojo al silencio, entro en el baño dispuesto a darme una ducha y pienso en mil respuestas, aunque ninguna me convence ni siquiera a mí mismo.

 

Soy leyenda

Un virus mortal contagia a la Tierra causando que 3,5 billones de personas mueran, y 3 millones se conviertan en seres de la oscuridad; la luz les mata pero salen en la noche a buscar desesperadamente alimento. El único sobreviviente de la desolada N. Y. es Robert Neville (Will Smith) que intenta crear el antídoto para el potente virus. A Neville lo acompaña su fiel perro, quien le defiende y le sirve de compañía.

La ciudad se asemeja a una selva; hay carros por todos lados, ciervos, leones y el hombre también tiene que cazar para poder alimentarse.

Un día, totalmente decepcionado por tanto sufrimiento, Neville pretende suicidarse, mas lo que encuentra es que no es el único sobreviviente sano en la tierra y ahí la película da un giro: de un film de acción pasa a uno con intenciones épicas y con un mensaje de esperanza.

En la película hay varios tópicos que se repiten en las producciones estadounidenses denominadas comerciales, es decir, que pretenden entretener y ser de consumo masivo:

  1. No podía faltar la persecución automovilística, todo un clásico ya, se desarrolla al inicio de la película y el objetivo es el alimento.
  2. El héroe defiende valores tradicionales como la valentía, la honestidad, la nobleza. Es un patriota, al estilo de John Wayne, héroe de los westerns, o Harrison Ford en Indiana Jones, o el mismo Smith con el personaje que interpretó en El día de la independencia. Es decir, un tipo de héroe con sentimiento, alejado de la rudeza y hasta crueldad, tan en boga hasta antes de que caiga el Muro de Berlín, como Rambo, los personajes de Chuk Norris, Steven Seagal, entre otros. Y tampoco se asemeja a los héroes cínicos y sin conexiones con su afectividad, como James Bond, El Santo, entre otros. Además el héroe moderno ya no utiliza su fuerza o sus encantos o ambos solamente, ahora es científico, tiene conocimientos amplios y variados. Este héroe, símbolo del nuevo siglo, es fuerte pero sensible; vive para su familia y no duda en defenderla como sea; no se permite errores pero admira a un dibujo animado y se sensibiliza con música reggae. Puede sonar contradictorio y hasta caótico, precisamente como es en muchos aspectos este siglo.
  3. Para los estadounidenses el concepto de la familia es básico y sagrado cuando realizan cine comercial. En Soy leyenda, quedan 5 minutos para evacuar la ciudad y el héroe sube a un helicóptero a su esposa y a su pequeña hija, mas, cuando él intenta salvarse no lo logra. Él sufre porque no puede estar junto a su familia. No por nada él es un admirador de Schrek, personaje auténticamente familiar.
  4. La música está íntimamente ligada a la trama. En este caso es Bob Marley, el legendario músico rasta que revolucionó el mundo con su reggae. Hay que estar atentos a las letras de las canciones y a lo que ocurre en la película.
  5. Los efectos especiales se destacan como en casi todas las mega producciones estadounidenses. Aquí los espectros de la noche son espeluznantes y extraordinariamente elaborados, especialmente en las escenas de acción.
  6. El argumento de esta clase de películas es hiperbólico, es decir, busca exagerar. Ya no se contenta con contar historias locales, mínimas, cotidianas (a diferencia del cine latinoamericano o europeo independiente), sino que agranda la trama. De lo que se trata es de salvar al mundo, a la humanidad. Subyace la intención totalitaria, antes que la reflexión.
  7. Como punto aparte, destaco la evolución de Will Smith, quien comenzó en la comedia, con el Príncipe del rap, para luego ser un hombre de negro, dar vida a Mohamed Alí y salvar el mundo en la ya mencionada El día de la independencia. En su contra decir que su registro actoral no es variado, siempre actúa igual, pero sus cambios físicos ayudan a hacer algo creíble su interpretación. Es un actor carismático y así se lo hace trabajar. Escogerlo como protagonista ya deja ver la intención de la película, privilegiar la acción antes que la interpretación.

Como último detalle decir que en esta película se continúa con la idea de que Estados Unidos es el mundo. Allí ocurre todo y desde ahí se salva al resto de gente de la tierra. Esa pretensión, sacudida por la desgracia de las Torres gemelas que hizo replantear esa ideología centrista, vuelve en Soy leyenda, y quizá sea el punto más bajo de una película que entretiene, por momentos logra asustar y crear tensión, pero que a la hora de la culminación retoma los viejos moldes de Hollywood: el desenlace abrupto y el final feliz, un tópico más de esta clase de cintas.

Sin embargo, es obvio que en Estados Unidos también se filman películas no comerciales, de valor y con otro tipo de propuestas y alcances, de las cuales hablaremos en futuras oportunidades.

revista La Lanza

Siempre he creído que hay publicaciones, especialmente revistas, estáticas y otras dinámicas. Las primeras se distinguen por su densidad y pesadez, y no me refiero al contenido sino a la ampulosidad y la falsa erudición de las mismas.

En cambio a las dinámicas da gusto leerlas, por más serio y formal que sea su contenido, porque están hechas para eso, aunque parezca una obviedad: para ser leídas y disfrutadas, para comunicar con convicción y rumbos claros. Ejemplo de este último caso es la revista La Lanza, liderada por María del Carmen Almeida y L. Alejandro Baraya C., y editada en Quito.

Al verla provoca abrirla, curiosear su contenido, leerla con avidez, pues atrae por la diversidad de sus temas, la nitidez de la fotografía, el orden y sobriedad del diseño y diagramación, a cargo de Claudia Otero, y la calidad de la edición e impresión, en papel couché y a todo color.

Precisamente en el número 3, que lo tengo en mis manos y lo he leído de principio a fin, destacan textos como ¿Tomamos mate?, un encuentro con la cultura argentina desde una visión integradora; la selección de cuadros de Pilar Bustos, que sorprenden por la fijación temática y la exploración técnica. Alejandra Borrero y Silvia Perelló aportan con su talento en las ilustraciones.

En Enséñame que yo te enseñaré, se da un sentido testimonio sobre la realidad del crecimiento de los hijos: una madre le escribe a su hija de cuatro años y le manifiesta sus anhelos, temores y afectos; todo esto en un lenguaje sencillo y con momentos de gran ternura, sinceridad y amor. Me sentí identificado con este artículo, pues mi hijo tiene 3 años, además que está escrito sin esas pretensiones seudo didácticas que pretenden enseñarte, u obligarte, a educar a tus hijos con recetas impuestas, no se sabe bien por quién.

El variado menú tiene un ingrediente coyuntural: una carta que Bernard Fougéres le dirige al presidente de la República, en la cual, con tono fraternal, le hace cuestionamientos puntuales y oportunos, y pide a Rafael Correa que conteste la misiva.

También hay espacio para el humor, en este caso punzante y fino a la vez, y un rincón de lectura para los niños y niñas. Además de la reseña de libros y de varios relatos de ficción y reflexión.

El menú de contenido, una cierto de sus creadores, hace que la revista llene un espacio que no se encontraba aprovechado; pues ya existen revistas con una visión teórica o que se ciñen a ciertos temas puntuales; en ese sentido, La Lanza se destaca por la variedad temática, la reflexión coyuntural, siempre necesaria, y la intención de abrir el abanico a otras voces, no por nuevas menos valiosas, que también tienen algo que decir. Y esa intención no es excluyente, ya que también se cuenta con el concurso de voces representativas, una muestra son las pinturas de Pilar Bustos, por poner un ejemplo solamente.

Como dije anteriormente La Lanza es una publicación refrescante, con nuevas voces, temas variados y motivantes, y con mucha apertura y buena vibra. Y eso es una característica vital en nuestro país, en el que se privilegia la exclusión antes que el consenso y la inclusión de propuestas y visiones del mundo.

Felicito a los creadores de tan hermosa revista y les deseo larga vida, con la misma energía y vitalidad con la que han “lanzado” los primeros números.

Recluta

El destino familiar se repitió también en su caso, aunque precozmente.
La muchacha, 18 años recién cumplidos, era hermosa; pero su rostro mostraba tristeza en la mirada, en cómo enarcaba las cejas y fruncía el ceño.
Sus padres le dieron la noticia, la misma que habían repetido en los últimos años a sus siete hijos.
Ella no lloró, prefirió refugiarse en su destartalado cuarto. Miró toda la habitación; fijó su atención en una fotografía, en ella se veía a su hermano menor, quien se enroló en la milicia popular hace tres años y anteayer falleció en un combate contra los militares del gobierno.
La joven recordó a sus familiares, todos, involuntariamente, comprometidos con esa guerra absurda y sangrienta.
El padre abrió la puerta, afuera le estaban esperando los hombres, vestidos de verde, serios y distantes.
Ella se levantó, tomó el fusil, herencia de su hermano, y salió de la humilde casa sin pronunciar palabra. Rastrilló y se dispuso a disparar.
Los padres, de pie junto a la puerta del maltrecho hogar, oyeron disparos a lo lejos.

Más adaptaciones

 

En los últimos años se ha puesto de moda el realizar películas y series adaptadas de otras, que tuvieron suceso en el pasado. Vale la pena enumerar algunas, no todas exitosas, por cierto.

En el 2005, se estrenó la película Hechizada, adaptación de la serie La hechicera, muy popular hace quince años. En la película actuó Nicole Kidman como la traviesa bruja. Se dice que consiguió el papel por su habilidad al mover la nariz como lo hacía la actriz de la serie original. Por ello y por su talento y belleza, hay que decirlo. Junto a ella actúa un voluntarioso Will Ferrell, desgraciadamente encasillado en personajes excesivos y de un humor dudoso y grosero.  La pareja principal sale avante ante los vacíos del guión.

Quien más se destaca es Shirley MacLaine, precisa en los diálogos, verosímil y coherente en su rol.

El punto más flojo se da desde la mitad de la película hasta el final, obvio y sin sorpresas; porque el principio de la película sí mantiene la atención del espectador por saber la suerte de la bruja.

Lógicamente la cinta pasó sin mucho brillo por las carteleras.

Igual, o incluso peor, situación atravesó la película Los duques de Hazzard, “remake” de la serie de los ochenta. La cinta carece de argumento y es una secuencia fofa de tomas, estilo video clip, mezcladas con carreras de autos –tal vez lo mejor sea la nueva versión del famoso Dodge Charger modelo 69, que demuestra su potencia en las hermosas carreteras donde se desarrollan las persecuciones.

Las actuaciones de los dos primos (los actores Seann William Scott y Johnny Knoxville) es aceptable, sin ir más allá. Es decir, no se salen del patrón aceptado para estas películas, que pretenden entretener un par de horas y que no persiguen trascender. Son un producto para verlo y tirarlo, y así se las produce.

La hermosa prima Daysi es representada por Jessica Simpson, igual de voluptuosa y coqueta, aunque sin mucho espacio para afianzar al personaje. Sin embargo se convirtió en la gran atracción del filme, por su innegable voluptuosidad y su popularidad como cantante.

El maligno Boss, que persigue sin cansancio a los primos, es representado por Burt Reynolds, quien, últimamente, parece estar acostumbrado a caracterizar personajes absurdos y casi caricaturescos. Su punto más bajo ocurrió en la película Streptease, con Demi Moore. El humor que lo hizo famoso al inicio de su carrera profesional ha dado paso a un rictus patético y vacío.

Para seguir con el pasado traído a la actualidad, lo cual demuestra una tremenda falta de creatividad o, en el mejor de los casos, pereza, recientemente se estrenó Rocky VI.

En esta aventura de Balboa se deja atrás el tumor cerebral que lo aquejó en Rocky V (¿olvido del guionista o sanación milagrosa?), tampoco le acompaña Talia Shire, en el papel de su abnegada esposa, pero sí está el eterno cuñado. Además retoma la moda que instauró en Rocky I (la chamarra de cuero y el sombrero negros); lo cual le hace ver, a momentos, con un aire nostálgico. Seguramente añora los buenos tiempos.

La trama repite lo mismo de siempre: Balboa está retirado, es dueño de un restaurante, su vida es sedentaria y aburrida, matizada por la pésima relación que mantiene con su hijo (celoso de la fama del ex campeón). Hasta que aparece un retador joven, pero sin el carisma para convertirse en ídolo, y está lista la mesa.

Finalmente llega la pelea final, ¿adivinen el ganador? Y la película termina con el consabido perdón y unión entre padre e hijo, con una mujer de por medio, de tan opaca importancia como la sosería de las peleas en el ring.

Al respecto, cabe señalar que la pelea final muestra errores de secuencia y se nota que es falsa (como en las luchas que se ven en series viejas, como El Hombre biónico o Hawai 5-0). Esto es llamativo ya que lo que ha distinguido a las secuelas es su nivel de combate: cómo olvidar a Mr. T o al ruso de Rocky IV dando una paliza a Rocky y a éste defendiéndose y venciéndoles. Pero en la última la emoción es vencida por el apuro y la improvisación.

Es increíble que Silvester Stallone haya retomado al personaje de Rocky; increíble porque hace algunos años dejó este tipo de cintas, fáciles y violentas, e intentó, ahora se ve que sin fortuna, convertirse en un actor serio.

A decir verdad, Rocky, la primera, sí fue una gran película; en ella se sentía la angustia del personaje, la lucha, el dolor, las ganas de salir adelante. Características que, en ese momento, las compartían el personaje (Rocky) con quien lo encarnaba (un desconocido pero motivado Stallone). Ambos sorprendieron por su honestidad, tanto que la película fue postulada para el Oscar.

Seguramente, y gracias a la “creatividad” de la industria cinematográfica, pronto se filmará ¡el regreso de Rambo! Y me figuro que para ser actual peleará contra el calentamiento global y matará a todo aquel que se oponga a sus “ideales”.

He presentado tres ejemplos para demostrar que tomar historias pasadas, por ende ya posicionadas en la mente del público, no necesariamente lleva al éxito. Por el contrario, a veces, sucede lo contrario.

Pienso que si se toman argumentos de series o películas del pasado, se lo debe hacer para aportar algo más al original; o por lo menos igualar la calidad de las antecesoras, lo cual no sucede muy seguido.

Y en la TV, tema de un próximo artículo, se nos viene el “remake” de varias series estadounidenses como: Amas de casa desesperadas (con la actuación de la ecuatoriana Marisol Romero); y Tres son multitud (la famosa serie brillantemente protagoniza por John Ritter) que se anuncia en ECUAVISA con el título de El hombre de la casa y con la actuación principal de Xavier Pimentel.

Tortugas Ninja

La película de las tortugas Ninja se estrenó con gran concurrencia de público, la semana pasada. Yo asistí con mi hijo, mis dos sobrinos (de tres, cuatro y ocho años, respectivamente), mi hermana y mi esposa.

Lo primero que sorprende es el altísimo volumen con el que se proyecta la cinta; para colmo de males, nos sentamos en las primeras filas, pues el sitio estaba lleno, y a momentos el ruido resultaba insoportable.

Lo segundo es constatar las grandes posibilidades que la tecnología ha aportado al cine; prácticamente la película se defiende gracias a los efectos especiales. Las figuras cobran vida propia y se combinan con los colores llamativos y la estridente música. Lógicamente, todos esto componentes deslumbran al auditorio, especialmente a los niños. Prueba de ello es que la cinta viene acompañada de promociones y un gran surtido de juguetes.

Sin embargo, el argumento es pobre, se repiten las peleas por el poder y el único atractivo es que las tortugas se encuentran separadas y lo importante es ver cómo se reconcilian. Este punto es un acierto, pero se desvanece, pues la reconciliación se da al final y de manera rápida, sin inmiscuirse en la tensión entre los personajes. Entonces el factor humano se ubica en un segundo plano, dejando el escenario a las peleas entre buenos y malos.

Un punto que me pareció enigmático es la sorpresa que causa que los monstruos que atacan la ciudad provengan de un mito ocurrido en Centroamérica. ¿Seguimos los latinos siendo el elemento enigmático y folklórico de las películas estadounidenses?

Cabe mencionar que la cinta tiene humor, aunque muchos de los chistes, cargados de ironía y cuyo referente es la política, son entendidos únicamente por los adultos.

Pero la cinta entretiene, sin ser brillante. Se asemeja a las típicas películas y series gringas: con artes marciales, aventuras, peleas familiares y muchos golpes. A momentos parecía que Chuck Norris se había convertido en tortuga.

Otro ingrediente, de éste me hizo caer en cuenta mi hermana, es el de la extremada delgadez de las chicas de la película. Las dos muestran rasgos finísimos, abultados pechos y delgadísima cintura. Ese es el prototipo de la mujer moderna; a mi juicio, incorrecto y profundamente excluyente.

En fin, una cinta algo entretenida, e ideal para pasar el rato; justamente para  lo que están hechas estas películas: para gastar el tiempo mientras se come un canguil o un hot dog. Sin embargo, el entretenimiento no es tan gratuito como se quiere presentar, si nos atenemos a los puntos antes mencionados en este artículo.

Eso sí, después de la función, la mayoría de niños (también mi hijo y sus primos) mostraba orgulloso su muñeco de las tortugas Ninja.

Anastasio

Del fondo del cajón, el viejo tomó el revólver. Ese escondite resultó efectivo, pues ya nadie se acercaba al destartalado mueble, repleto de polillas, que iban comiendo la madera como los años comieron las ganas de vivir de don Anastasio.

El armario servía de base para las vetustas fotografías, en blanco y negro, colgadas de una pared descascarada. El polvo, especie de viruta con pelusa, impregnaba el ambiente y parecía que hasta las fotos protestaran por la suciedad del lugar, desde su silencio estático y atemporal.

Anastasio, otrora gran jurisconsulto de los tribunales del país, apenas pudo levantarse. Sus manos, moradas, como picadas por mil zancudos, se tomaron del costado de la cama; cerró el cajón y se sentó en la única silla del cuarto. Encendió una vela y la luz le permitió ver la alfombra azul, descosida y polvorienta.

Oyó pasos a lo lejos. Rápidamente, o por lo menos eso creía el anciano, alzó el edredón y escondió el revólver. Al levantarlo el olor a ayeres, a orinas, a sudor, a piel descompuesta, llenó el cuartucho de un vaho repulsivo.

- Don Anastasio- dijo Clara, la empleada de la casa- aquí le dejo el almuerzo. Cuando acabe me grita o me llama con la campana.

La campana, pequeña, de plata con incrustaciones de ángeles y la imagen de Nuestro Señor, reposaba en el velador, muda testigo de los acontecimientos.

El viejo solamente gruñó como respuesta. ¿Viejo? Sí. ¿Cuántos años tenía? Antes solía sacar cuentas viendo la fecha de su nacimiento en la cédula, pero un día no la encontró en su velador.

Silencio y más silencio. La única actividad consistía en oír el zumbido de la diminuta radio, su fiel compañera. Calma sin calma, vida sin vida. Estertores angustiosos en la noche. Frío y soledad, mucha soledad, en la mañana.

Hoy no ha venido nadie a preguntar;

Ni me han pedido en esta tarde nada.

No he visto ni una flor de cementerio

En tan alegre procesión de luces.

Perdóname, Señor: que poco he muerto.

Anastasio sabía de memoria el poema de César Vallejo. Su madre le había enseñado a amar la poesía del peruano y esos versos le hacían compañía, tantos años después de haberlos aprendido.

Sin embargo, la memoria le traicionaba. Por un lado, recordaba con exactitud datos, cifras, nombres, la lista de los juicios que había ganado en su carrera, alineaciones de equipos de fútbol, los amigos de juventud, cuándo, cómo y dónde conoció a Lucía, el amor de su vida. Por el otro, no tenía memoria de su pasado inmediato y, principalmente, no sabía por qué estaba ahí, en ese cuarto oscuro, y no en una de sus haciendas.

Cuando Anastasio le formulaba preguntas a Clara, ella le respondía con un “no sé, señor” que helaba la sangre y enfermaba el ánimo, por la impavidez de la muchacha.

Su hijo, que iba de vez en cuando a visitarlo, siempre con un fajo de papeles amarillos bajo el brazo, tampoco le respondía. Algo en su cerebro, que se le figuraba como una fruta mordida, descompuesto, amarillo, desteñido, cansado, le decía que algo malo estaba pasando.

Anastasio recordaba que, hacía un montón de años, había cuidado a una niña. Le cambiaba el pañal, le daba el biberón y ella le decía “papá”. Pero su hijo le aseguraba que nunca tuvo más hermanos.

-Ya va a empezar con sus cosas, papá. Tome, tome la pastilla, es por su bien.

Por la confusión de ideas a Anastasio le daba jaqueca, las punzadas, como cuchillos, entraban en su cabeza y alborotaban sus pocos recuerdos.

El anciano, en esas ocasiones, se recostaba y miraba al techo horas y horas. Veía cómo desde los maderos saltaban las ratas luchando por unas migajas de pan, sobras de su desayuno.

Las ratas, grandes y chillonas, tampoco querían hacerle compañía, y una noche una le mordió en la pierna derecha; la herida se abrió como un surco y la carne, mezclada con pus y sangre, tomó un color morado.

Mas ese día era especial. Anastasio se levantó de la cama y se dirigió a la puerta. A Clara se le cayó el llavero y una de las llaves se desprendió, el anciano la tomó y se la guardó. Ella ignoraba que las chapas de las puertas de la mansión se parecían, por lo que había una gran probabilidad de que la que tenía en la mano, le sacara de su encierro. Así sucedió.

Abrió la puerta, dio unos pasos tambaleantes y avanzó hacia el pasillo, un corredor inmenso, oscuro y frío. Se sentó en uno de los taburetes y oyó la perversa conversación:

- Tiene que ser esta noche, Clara, no podemos esconder más al viejo.

- Sí, pero cómo le hacemos firmar. Ya intentamos todo, hasta falsificar su firma, pero no se pudo. ¿Y ahora?

- Hay que forzarlo, obligarle aunque para eso tengamos que desenmascararnos. No hay más. Recuerda que todos creen que se fue de viaje, pero si nos demoramos empezarán a sospechar. Ni siquiera porque fingí ser su hijo, logré convencer al viejo. Y el plan B aún no da resultado.

La pareja había planeado todo: primero secuestraron a Anastasio y lo escondieron en la mansión, después llamaron a la hija, que vivía en Estados Unidos y le dijeron que el padre había viajado a Cartagena, con un grupo de amigos. No sería esa la primera vez que lo hacía.

A los pocos amigos les comunicaron que Anastasio había ido a visitar a su hija.

Nadie se preocupó de Clara, pues acostumbraba a ir a la casa de sus padres, en Loja, cuando Anastasio salía de viaje.

 Ahora Clara y su novio pretendían que el anciano firmara los papeles de traspaso de tres cuentas secretas que tenía fuera del país y que la empleada descubrió un día por casualidad.

 El plan parecía perfecto, pero el viejo resultó necio, testarudo y no quería firmar, y eso que le mantenían aletargado, gracias a  que le suministraban pastillas. Por otro lado, el plan B, ideado por la pareja considerando el carácter nostálgico y sentimental del viejo, avanzaba, pero, desgraciadamente para ellos, a paso lento. Y resultaba peligroso alargar el encierro de Anastasio.

- Entonces en la noche le cogemos y le hacemos firmar- dijo Clara al tiempo que se acercaba a su cómplice, su novio, venido de lejos, quien le había dado la idea a ella, pobre empleada doméstica, de cómo hacerse ricos en un dos por tres.

- Sí, y luego le matamos y le enterramos aquí, total estamos lejos de la ciudad y por acá nadie viene.

Anastasio, todavía impresionado por lo que había escuchado, se dirigió a su cuarto, cerró con llave y se acostó. Ahora sabía que el hombre que estaba en la sala hablando con Clara no era su hijo.

Porque en todas las tardes de esta vida

yo no sé con que puertas dan a un rostro,

Y algo ajeno se toma el alma mía.

La tarde resultó larga y angustiante, un nudo en la garganta y las palpitaciones en el estómago no dejaban dormir al anciano. Debía preparar su plan; las ratas jugaban a su alrededor mientras las moscas sobrevolaban el deshecho cuarto.

Golpearon la puerta, suavemente; el anciano sonrió y dijo “pase”. La muchacha entró con la bandeja de comida en sus manos. Desde el primer día, la hermosura de la joven impresionó a Anastasio. Sus rasgos finos y su cuerpo esbelto contrastaban con su ropa, raída y sucia. Se llamaba Iris y siempre le llevaba la merienda.

Esos pocos minutos se constituían en los únicos alegres en la vida de Anastasio. La muchacha le cuidaba, hablaba con él y reía de sus bromas. Iris le contó que Clara le había pedido que le sirviera la merienda y le hiciera compañía.

Anastasio le enseñó a leer unas pocas palabras; también le contaba cuentos e intentó que la joven aprendiera a sumar y restar, pero no lo logró. Al viejo le agradaba la inocencia de la muchacha, pero le preocupaba su extrema delgadez y la pobreza de su vestimenta.

Iris muy pronto cumpliría la mayoría de edad. Vivía cerca de la mansión, en una choza humilde, junto a su madre, que sufría de ceguera, y a sus dos pequeños hermanos. Soñaba con ir a la ciudad, buscar un buen trabajo y ayudar a su familia.

En esos momentos, Anastasio olvidaba todo y se entregaba, como un niño, al disfrute de la compañía de la muchacha. Hasta soñaba con la posibilidad de que existiese la felicidad.

Anastasio todavía recordaba la primera ocasión en la que Iris le bañó. El contacto del cuerpo ajado con las manos tersas de la muchacha se quedó impregnado en su memoria.

Iris solía preguntarle sobre su vida y, un día, le pidió que le firmase un papel, porque su letra era muy bonita y quería enseñarles su rúbrica a sus hermanitos. El viejo lo iba a hacer, pero su gran cariño por la joven, multiplicado por el sentimiento de soledad que le confirió el encierro, le dio una mejor idea.

-Mejor trae a tus hermanos un día y aquí podemos dibujar y escribir historias entre todos.

La joven, luego de insistir por varios minutos, aceptó en silencio la idea de Anastasio y prometió que algún día los traería.

La noche llegó y Anastasio aún no había decidido qué hacer. Podía disparar a sus enemigos pero ignoraba si el revólver funcionaba o no.

Extrañamente, en las horas de la noche, Anastasio solía animarse, como si rejuveneciera en la oscuridad. Añoraba sus años mozos, los juicios en los que brilló por su agudeza y la vida de lujos que se dio gracias a los contratos con empresas internacionales.

Para él no había sido corrupción sino negocios, simples transacciones, sin preguntas ni deudas morales propias de los llorones sindicalistas.

Otro pensamiento cruzó por su cabeza; el encuentro de esa arma, en el fondo del cuartucho, escondida entre unas cajas con documentos, fue lo mejor que le había sucedido. La limpió y cuidó como si fuese lo más preciado de su vida.

El viejo se levantó del vetusto catre. La herida en la pierna estaba peor, llena de una materia negra y repugnante; las pústulas le dolían. Pese al dolor y al aletargamiento debido a la ingesta de las pastillas, solamente pensaba en la venganza y en salir de ese infierno.

De repente se oyó el crujir de la puerta. Se escondió como pudo tras el armario. Esperó.

- Don Anastasio, ha venido a visitarle su hijo.

Antes de que la mujer prendiera la luz, el anciano apuntó al hombre y disparó, pero destrozó el débil pecho de la mujer, que cayó al suelo empapada de sangre. Anastasio se rascó la cabeza; quería matar al hombre, no a ella. Disparó por segunda vez, la bala se trabó en el arma.

El hombre avanzó unos pasos, saltó sobre Anastasio y le abrazó violentamente. Con el último aliento, Anastasio tomó la campana, golpeó la cabeza de su agresor, al tiempo que apoyaba sus pies en el borde de la cama y empujaba con determinación. Los dos cayeron por la ventana, un piso hacia abajo.

Mientras tanto, Clara se levantó. La herida le dolía, pero alcanzó a tomar el revólver. Fuera de sí, apuntó a Anastasio y disparó. Sin embargo, la bala se atascó, el gatillo se rompió, y ella, asustada, tiró el arma, que fue a caer sobre el velador y la vela encendida cayó a la alfombra. Las llamas crecieron rápidamente; ella, desesperada, corrió hacia la puerta.

En cuestión de segundos, el fuego encendió los dos pisos de la vivienda. Anastasio, resguardado tras un árbol, oyó las súplicas de la mujer, que no alcanzó a salir de la casa.

El viejo intentó escapar, avanzó unos pasos y entendió que su esfuerzo resultaba inútil; magullado, con la herida de la rata todavía peor, abollado por la caída y nervioso por la lucha, se sentó. Sin fuerzas, aguardó la llegada de la muerte. De pronto los gritos de un ángel, su ángel, le animaron. Sintió que le levantaban y le alejaban de la mansión.

El parte policial decía que la casa se había quemado por un descuido. Además se encontraron dos cadáveres: el de la empleada doméstica, identificado únicamente por el cabello, y el de un hombre que, por salvarse del fuego, se tiró por la ventana y murió por las múltiples fracturas.

La Policía también encontró varias prendas de vestir y documentos que pertenecían a Anastasio. Su hija, quien, a regañadientes, llegó de Estados Unidos, identificó los papeles.

-Sí, esta mansión pertenecía a mi papá, pero casi nunca venía para acá. Mi madre murió hace cinco años y yo vivo en Miami. No entiendo cómo es que sus documentos están aquí, si yo creía que papá salió de viaje hace unos días.

Los pocos amigos de Anastasio, todos jubilados que acostumbraban a reunirse para jugar baraja o viajar, confesaron a los policías que Anastasio no se llevaba con su hija desde que murió su esposa.

La Policía no encontró el cadáver de Anastasio; pero luego de los análisis criminalísticos, que tardaron dos meses, descubrieron restos de piel del viejo, por lo que le declararon muerto. Su hija recibió la herencia y jamás regresó al Ecuador.

Mientras tanto, Anastasio, ya repuesto de la tremenda herida en una de sus piernas y libre de los efectos de las pastillas, se mostraba contento con su nueva vida, sin riqueza pero con amor.  Nunca volvió a ver a su hija, pero sus amigos iban a visitarlo y disfrutaban de la belleza y amplitud del campo.

Días antes de que se anunciara oficialmente su deceso, muy discretamente, el dinero de las tres cuentas secretas de Anastasio fue transferido a un banco suizo, a nombre de una mujer cuya presencia siempre le recordaba al viejo la posible existencia de la felicidad.

Cuando lo supo, Iris se contentó y sonrió. Finalmente el plan B, con unos pequeños cambios, dio resultado. Ella tenía el dinero en su poder. Sintió lástima por la muerte de sus cómplices, pero ella disfrutaría de la parte que les hubiese correspondido a Clara y a su novio.

Volvió a sonreír y se acercó cariñosamente a Anastasio, que justamente en ese momento recitaba su poema preferido, rodeado de sus viejos amigos.

Juan Secaira. Derechos reservados.

Antropófagos

El  escritor y periodista Byron Rodríguez, en un artículo publicado en El Comercio  (14 de abril del 2007, página 31), reseña y comenta la novela El destino, escrita por Pedro Jorge Vera, en el año 1979.

Vera,  fallecido en 1999, narra una historia repleta de dobles significados y en donde las relaciones humanas son el eje del argumento. Esta novela es una de las mejores escritas por el intelectual y periodista guayaquileño.

La historia de suspenso pone en evidencia la antropofagia, el gusto de los humanos por comer carne humana, y lo hace con un lenguaje claro.

A propósito de esto, recordé el cuento “El antropófago”, de Pablo Palacio, que también tiene como tema el comerse al prójimo, mas con una tensión y un propósito diferentes a los que configura Pedro Jorge Vera.

El destino es, como dice Rodríguez, una novela policial y en ella lo interesante es el suspenso que se crea al principio y el terrible final En cambio, “El antropófago” se constituye en un relato donde lo que importa es el comportamiento del personaje principal: su carácter, sus ideas, su manera de ser.

Un contemporáneo de Palacio es Humberto Salvador, injustamente relegado por la crítica de ese entonces. Este escritor guayaquileño tiene un cuento “Sándwich”, que también habla de la antropofagia, desde un ángulo diferente a las obras escritas por Vera y Palacio.

En “Sándwich” se reflexiona sobre el destino del artista en un medio hostil. El protagonista es un poeta, y, paradójicamente, un vagabundo que deambula por las calles de la ciudad. Lo concreto es observar la forma en la cual la sociedad se “come” al creador ante la mirada pasiva de la gente. El final de “Sándwich” es truculento, pues en él se devela el misterio que recorre la narración.

En definitiva, se trata de tres relatos que abordan un mismo tema desde ópticas distintas: desde el suspenso policial, pasando por reflejar la mirada del criminal, hasta llegar a la crítica a una sociedad represiva.

Dos novelas interesantes

Algunas relaciones humanas son complicadas y al mismo tiempo entrañables. De eso precisamente habla el libro El olvido que seremos, del escritor colombiano Héctor Abad. En él se refleja la relación entre un padre y un hijo, llena de amor y admiración.

Ternura del hijo que demuestra un amor profundo por su progenitor. Y tal comunicación se da en un ambiente totalmente hostil: la guerrilla colombiana y toda la violencia que ha desencadenado por años.

Este es un libro extraño, por la sinceridad del personaje principal, y crudo, por el espacio donde se desarrollan las acciones: un país desmembrado por las luchas internas y al mismo tiempo hermoso por la valentía de su gente

Una característica llamativa de la novela de Abad es la forma en la cual el narrador describe la relación con su padre; una unión realmente entrañable, fuerte y con convicciones.

En el marco de las relaciones conflictivas cabe mencionar a la novela Leonor, del ecuatoriano Miguel Donoso Pareja, en la cual el emblemático personaje X se relaciona con Leonor, a lo largo de un montón de años y de circunstancias históricas.

Es conmovedor ver cómo X va envejeciendo, olvida las fechas, y, paralelamente, opina puntualmente sobre temas de literatura e historia.

Como en otros libros de Donoso Pareja, en éste también se mezcla la ficción con la realidad. Y es un placer leer las reflexiones de X con respecto a la literatura (se habla espléndidamente del escritor George Perec, por ejemplo) Mientras Leonor se muestra crítica hacia la vida y, a ratos, moderadamente optimista. La relación entre los dos personajes, X y Leonor, mantiene la tensión del relato, aunque con una carga un tanto utópica sobre la feliz culminación de las relaciones humanas.

Cabe mencionar que una hija del autor, trágicamente fallecida, se llama Leonor. Pero Donoso Pareja ha dicho que su libro no es autobiográfico.

Menciono las novelas de Abad y Donoso porque, con todas sus diferencias, guardan similitudes en su intención de mostrar las relaciones familiares desde otros ángulos.

Como un dato adicional, la relación de varios escritores con sus padres a menudo ha sido caótica. Como ejemplo, el peruano Mario Vargas Llosa cuenta, en el libro El pez en el agua, la tremenda ruptura con su padre y cómo eso marcó su vida.

 

Poesía de Julio Pazos

Se presentó una recopilación de la obra del poeta Julio Pazos Barrera, la semana pasada, en la Casa de la Cultura Ecuatoriana.

La velada comenzó con la presentación de un video sobre la vida de Pazos. Ahí se vieron fotografías de su infancia y juventud; su trayectoria en el teatro; las reminiscencias sobre su vida en su natal Baños, en Riobamba y luego en Quito. En un tono íntimo, el espectador se enteró de la pasión del poeta por la cocina ecuatoriana, por el arte y por las letras.

Pazos recordó a un profesor de su infancia, muy especial y extraño, que en lugar de hacerles rezar al inicio de las clases, les leía fragmentos de la obra de Juan Montalvo.

El homenaje continuó con las palabras del también escritor Marco Antonio Rodríguez, presidente de la CCE. Él alabó la calidad poética de Pazos y realizó un recorrido por  sus textos.

Posteriormente se presentó el escritor Carlos Aulestia, cuyo estudio sirve de prólogo al libro de Pazos.

Aulestia realizó un estudio completo de la poética de Pazos, calificó a algunos de los poemas como visiones. Realzó las características del autor y subrayó las intenciones y motivaciones del poeta.

Un yo poético que no se sorprende, ni siquiera por la aparición de seres extraños; que da importancia a la cotidianidad y que encuentra altísimas notas en varios poemas, por ejemplo, los del libro “Mujeres”.

En definitiva, se trata de una lectura rigurosa, realizada con exactitud por Aulestia, que brinda claves para la lectura de la poesía de Pazos Barrera.

Después tomó la palabra Julio Pazos Barrera y, con su estilo tranquilo y afable, contó algo de su infancia, su juventud y la pasión artística; siempre apoyada por sus padres, pues “soy hijo único”, refirió el poeta.

Además manifestó que su vida de desarrolla yendo de la casa a la universidad y viceversa, y presentado y comentado obras artísticas. Una secuencia organizada, con horas para escribir y para desarrollar otra de sus pasiones: la cátedra.

La velada, que contó con un gran número de espectadores, terminó con la presentación de un grupo musical que interpretó varias melodías, con letra de los poemas de Pazos.

Entre los concurrentes cabe destacar la presencia de Jorge Enrique Adoum, Margarita Laso, Diego Araujo Sánchez, Bruno Sáenz, entre otros.

En fin, un homenaje merecido a un poeta que ha luchado toda su vida por encontrar la manera adecuada de expresarse y comunicar su arte, y lo ha logrado.

Superman o Batman II

Hay otras razones por las cuales preferir a Batman. En principio, Superman es un personaje que no cambia drásticamente su forma de actuar, con o sin su disfraz. Es decir, Clark Kent es un hombre noble, tímido, criado con mucho amor y que cuida de la demás gente.

Cuando se pone el uniforme de súper héroe su comportamiento es igual, no cambia, a no ser que esté poseído por algún poder externo, como en la serie de TV, en donde, debido a un hechizo, su personalidad se volvió violenta y audaz, tanto que dejó atrás su eterna timidez.

En cambio Batman es un hombre violento y decidido con su uniforme, mientras Bruce Wayne es un filántropo, millonario y caritativo. Ahí sí hay una transformación que convierte a Batman en un ser enigmático.

Otra diferencia es el punto de vista que tienen los dos súper héroes con relación a la lucha contra el crimen. Superman se concentra, como todo buen muchacho, en salvar a las víctimas, en ayudar a los desposeídos y librarlos del mal. Mientras tanto, Batman se centra en luchar contra sus enemigos, a los que analiza y conoce a fondo; para poder vencerlos.

En definitiva Superman se adapta más fácilmente al sistema, en tanto que Batman es un rebelde, desde el mismo momento en el que lucha por vengar a su familia. Esa característica, a mi juicio, le da un tono enigmático, oscuro y peligroso; cuestiones de las que carece Superman.

Por último creo que la historia de Batman tiene componentes de drama; la de Superman es una agradable historia de acción. Esa es, quizá, la mayor diferencia, y por la que prefiero al hombre murciélago.

Santiago Páez

El escritor Santiago Páez ha tenido la bondad de publicar en su blog el análisis que realicé al libro de su autoría Crónicas del Breve Reino. Adjunto la dirección pues considero que es excelente para quienes gustan de la literatura.


Además les anuncio que estoy trabajando en otros acercamientos a la novela Crónicas del Breve Reino porque la considero de gran valía literaria y algo nunca antes realizado, con tanto rigor y calidad, en nuestro país.


El blog de Santiago Páez es: delbrevereino.blogspot.com
Visítenlo. Saludos a todos.

Ensayo sobre la ceguera

Dos cuestiones sobresalientes tiene el Ensayo sobre la ceguera, de José Saramago; el primero es el nivel de la anécdota. El hombre que, esperando que el semáforo le permita seguir su trayecto, de pronto se queda ciego y entra en una claridad extraña.

Lo segundo radica en la multiplicidad de voces que cuentan la historia; exactamente son siete personajes, quienes también han quedado ciegos, los que cuentan la novela; además de una mujer que no ha sufrido el mal y un narrador, del que no se sabe nada. Además hay una voz que se burla del narrador y de la que jamás nos enteramos quién es.

Las dos cuestiones llevan impresas el tema del libro: analizar el comportamiento humano. Precisamente uno de los personajes dice: “dentro de nosotros hay algo que no tiene nombre, esa cosa es lo que somos”.la epidemia, tema de otras novelas, como La Peste de Sastre, toma aquí ribetes tremendos; el peor castigo de la gente es vivir en el manicomio. Más claramente sobrevivir es su castigo más grande.

La destrucción del mundo en el que viven los personajes, la dificultad de su existencia, se asocia con la laboriosidad que exige, al menos al principio, la lectura del libro, pues prácticamente la narración no se separa en párrafos y los diálogos están en letra mayúscula.

Paradógicamente, dentro de ese universo de ciegos y desesperados, de caos y anarquía, también hay espacio-como en toda sociedad-para un hálito de esperanza.

 

Mezcla de ensayo y relato, los libros de Saramago siempre permiten ir un poco más allá, sin la consabida moraleja o los consejos moralizantes, casi siempre estrechos y maniqueos. El mundo narrativo del escritor es más amplio y recoge, como ya he dicho, los verdaderos y apremiantes problemas de la condición humana.

Series

Del artículo que mencionaba a los canales de TV y sus series, han surgido varias inquietudes que trataré de responder a continuación:

-         Los canales de TV ecuatorianos tienen resistencia a invertir en programas nacionales, prefieren comprar series hechas en Estados Unidos o, como ya mencioné antes, franquicias de series norteamericanas. Cuando la TV local se decide, comúnmente pone a la serie nacional en horarios que no son triple A. Es lo que ocurre con la serie “De 6 a 9”, de Javier Pimentel, que se transmite a las 22.30, y que desgraciadamente el día de su estreno alcanzó únicamente 3 puntos de raiting.

-         Otro factor importante es que los productores se preocupan de conseguir la publicidad, los auspicios (lo cual es lógico) pero descuidan la calidad de la serie. Es lo que ocurrió con “La niñera”, que luego de un comienzo aceptable bajó completamente de calidad; o con “Súper espías”, que no cuajó por la falta de elaboración de un guión que no se sostenga solamente en los chistes de los protagonistas.

-         Tampoco se ha logrado crear una escuela de actuación. Nuestros actores se preparan con su propio dinero y mal se les puede exigir en esas condiciones. Pocos son los que logran viajar y trabajar en el extranjero. Pimentel lo hizo en Colombia, al igual que Roberto Manrique. Gabriela Villalba protagonizó una novela, también en Colombia. En México trabaja, desde hace muchos años, Vilma Sotomayor y  Xavier Romero, y desde el año pasado reside ahí Pamela Cortés, aunque todavía no se le ha visto en una novela. La hija de Álex Aguinaga también protagoniza novelas infantiles, pero su caso es diferente pues siempre ha vivido en México. Actualmente, a Marisol Romero la escogieron para filmar la franquicia latina de la serie Norteamérica “Amas de casa desesperadas”, habrá que verla en acción en los próximos meses.

 

-         En ese marco, sí han existido series nacionales con alto raiting, por ejemplo “Mis adorables entenados”, que la veía bastante gente y que catapultó a la fama a sus integrantes. En la actualidad puedo citar a “Las Zuquillo”, que se sostiene gracias a un guión coherente y buenas actuaciones.

-         Sería agradable que los canales nacionales vuelvan a presentar series de antaño, no sé por qué no lo hacen. Tal vez el público juvenil es más numeroso que el adulto y por ello se prefieran las series modernas, pero con las pasadas se complacería a otro sector de público, igualmente importante y desprovisto de alternativas.

Martín Karadagián

En los años 70s y 80s se hizo famoso el programa de televisión Titanes en el Ring. Cómo olvidar a la Momia, al Ejecutivo “moderno y actual”, al Vikingo, el payasito y tantos otros que alegraron las tardes de grandes y pequeños. Sin olvidar al extraño hombre de la barra de hielo que se paseaba por el ring.

En Titanes en el Ring el héroe máximo fue Martín Karadagián, con su pelo largo blanco y su barba negra; vencía a sus oponentes gracias a su fortaleza y agilidad. Buenos tiempos aquellos, después vino la WWF, Hulk Hogan, La Roca, El Enterrador y otros héroes de gran peso, acompañados de un espectáculo montado con todo lujo por parte de los estadounidenses. Pero de la época romántica no hay nadie igual a Karadagián y los demás luchadores que le acompañaban.

Además de constatar la ritualidad de cada combate; la música que identificaba a cada luchador; la vestimenta distintiva y la reacción del público.

Para quienes querían saber qué ocurrió con la vida del famoso Martín Karadagián, aquí les transcribo un fragmento extraído de la página web Argentina. www.nacion.com/teleguia/2006/octubre/01/topo.html

 

“El campeón de campeones, nacido en Buenos Aires en 1922, fue un deportista, luchador de catch y actor, quien, a la postre, fue el creador del espectáculo Titanes en el Ring, que lo haría conocido –y querido– en todos los rincones de Latinoamérica.
Hijo de inmigrantes –padre armenio y madre española– aprendió lucha grecorromana desde niño y en 1938 obtuvo el título mundial de la disciplina en su categoría. Luego, encontraría su veta definitiva, fascinado por los espectáculos de lucha libre del Luna Park en los años 60.
Martín murió a los 69 años, en 1991, víctima de una severa diabetes que incluso provocó que le amputaran una pierna antes de morir.

Babel

La película Babel, del director mexicano Alejandro González Iñárritu, logra captar la atención del espectador, a mi juicio, por tres razones fundamentales. En primer lugar, pese a ser una cinta sobre la violencia, sus personajes principales no pertenecen a la mafia ni a la Policía, tampoco son integrantes de algún grupo terrorista, ni pertenecen al denominado bajo mundo. Son seres comunes, como cualesquiera de nosotros, enfrentados, de pronto, a hechos violentos.
Veamos: hay una pareja de norteamericanos que viajan a conocer Marruecos; una familia marroquí, simples campesinos; una empleada doméstica de origen latino y una mujer oriental sordomuda. Una serie de accidentes los juntan y los llevan a la tragedia. El azar, el destino los pone cara a cara con la desgracia. Es decir, a cualquiera puede pasarle.
En segundo lugar, la mixtura o yuxtaposición de las tres historias, estructura común en los últimos tiempos y especialmente usada por Quentin Tarantino, en Pulp Fiction; permite mantener la expectativa, porque las historias se van uniendo poco a poco. Hay un salto en el tiempo, en un momento de la película se regresa atrás brevemente y se entiende el diálogo del personaje de Brad Pitt con su pequeño hijo.
En tercer lugar, se pone en evidencia la gran incomunicación que existe en la sociedad moderna. La soledad de la chica sordomuda, que busca cobijo en los hombres, sin éxito, por el trauma de haber visto la muerte de su madre, es la cota más alta del drama emocional. También impacta la inocencia de los dos niños que acuden a una fiesta mexicana y terminan abandonados en el desierto, mientras su criada no sabe cómo salvarles.
En ese marco, no obstante, hay espacio para la solidaridad: del marroquí que ayuda a la mujer herida, del hombre que no denuncia a la nana de sus hijos, del niño que por accidente hiere a la mujer y luego valientemente se entrega a la Policía.
Conmover no es tarea fácil y se lo hace con una historia intensa y cercana a la realidad, que nos traslada a un mundo solitario, fragmentado, esquemático; en el cual los personajes sufren en silencio, por no herir a sus seres queridos.
Brad Pitt, Cate Blanchett, Gael García Bernal, Koji Yakusho, Elle Fanning, Rinko Kikuchi, Adriana Barraza, Said Tarchani, Boubker Ait El Caid, Clifton Collins Jr. conforman el reparto.
Por cierto, el personaje de Pitt no es el del héroe tipo James Bond. Es un hombre de familia, un turista común y corriente que sufre y se desespera cuando una bala impacta a su esposa y su vida cambia por completo.

Crónicas del Breve Reino

Lo más impactante del libro Crónicas del Breve Reino, del escritor ecuatoriano Santiago Páez, son los detalles; cada crónica está repleta de ellos; pequeños engranajes que construyen la obra. Desde las descripciones hasta la configuración precisa de los personajes.
Siempre recuerdo que en una de sus clases en la universidad, el autor del libro, Santiago Páez, dijo que se hacen demasiadas estupideces en nombre del sentido común. Precisamente encontré una cita de Nabokov, en su Curso de literatura europea, que me parece pertinente:
“El sentido común es cuadrado mientras que las visiones y valores más esenciales de la vida tienen siempre una hermosa forma circular, son tan redondos como el universo o los ojos de un niño cuando asiste por primera vez al espectáculo del circo.”
Precisamente contra ese sentido común luchan los personajes, para desprenderse de lo que les atrapa, sin conseguirlo del todo.
A continuación, un breve vistazo a las cuatro crónicas:
Rolando
La primera novela ha sido calificada como histórica, aunque habrá quienes discutan su falta de rigurosidad sobre los hechos, olvidando que es una creación de ficción, que se alimenta de múltiples fuentes. Un error sería leerla como un libro de historia, perdiéndose así todo el encanto de la ficción.
Por otra parte, la tensión recae sobre la conducta de Rolando, quien, víctima del azar, se ve envuelto en una conspiración, primero como testigo de hechos que no entiende y luego sí como protagonista embarcado en la vorágine de la época. Además, la sombra de Alfaro crea inquietud y alarma.

Aquilino
El personaje principal, Aquilino, parte a un viaje tan utópico como peligroso; con una caravana de variopintos compañeros; cada uno guarda un secreto. En este relato se siente la presencia aplastante del amor; los dos, Aquilino y Rebeca, pese a la crudeza de su realidad o precisamente por ello, se aman de una forma especial. La relación marca el relato, por momentos lo suprime y las imágenes de pareja ganan terreno, secundadas por el terrible duelo que se convierte finalmente en una sutil burla al “dueño del pueblo” y a su hijo.

Adolfo
El tercer relato, a mi juicio, es una continuación del segundo; en él los personajes también van en busca de algo y se internan en un lugar inhóspito, seco y desolado. La sensualidad aparece con la presencia de la fotógrafa y la modelo; ambas comparten no solamente el trabajo; y entre los dos jóvenes, Adolfo y Cabanillas, inmersos en una relación de atracción y distancia al mismo tiempo, mientras sus vidas corren constante peligro. La pintura del héroe, decidido, fuerte y “masculinamente” homosexual domina la escena.

Uriel
El espacio está devastado; el tiempo pasa sin mucho sentido y las acciones se arremolinan con un único propósito: sobrevivir. Sin embargo, los personajes mantienen algo del espíritu idealista y toman sus decisiones finales marcados por una especie de amor solidario, muy diferente a la pasión del segundo relato.
De todo el libro, el personaje más relevante es Cosmo, imagen de la belleza, de lo prohibido pero hermoso, de la seducción. Personaje redondo, seguramente aparecerá en otras narraciones porque su fuerza es irresistible. Por momentos, se transforma en un ángel castigador, luego en un pequeño diablo protector; juega e inquieta a todos.
Y Cosmo viaja por las cuatro novelas, igual de travieso y fecundo, con la misma vitalidad de sus ojos dorados. Junto a él, y opuesto totalmente a sus características, aparece la pareja conformada por el viejo alemán y su hija, unidos incestuosa y monstruosamente.
Prácticamente las notas al margen se convierten en otro relato; con Camilo y el narrador como voces predominantes, y con referencias a otros autores y a otros libros; algunos verdaderos y otros inventados. Una de las tantas emboscadas al lector se da cuando se menciona a Roberto Bolaño como historiador de la literatura y a un colombiano, el poeta Ignacio Zubieta. En la realidad, Zubieta es un personaje de uno de los libros de Bolaño, La literatura nazi en América; libro que se compone de biografías ficticias de varios autores que existen únicamente en la imaginación de Bolaño.
De ahí que la novela funcione como la unión de muchas voces, que nos remiten a otras, en un gran espiral que parece no tener fin. Y como se trata de un juego, el lector está en libertad de leer cada crónica por separado, o de principio a fin, o ignorar las notas al margen.
Las Crónicas del Breve Reino son un gran recorrido por una realidad compleja, con muchas aristas y, por tanto, muchas lecturas. En un primer camino, el viaje de las cuatro crónicas da cuenta del deterioro de un país imaginario. Un segundo camino es el que toma el Narrador, del que sabemos ciertos detalles gracias a los pies de página. Él da pistas sobre su amigo Camilo, espía y terrorista, descreído del valor de la literatura, su afán era que el narrador construyera una gran novela histórica. Sin embargo, el Narrador va labrando su propio camino y descubre su fascinación por el cómic y ciertos visos de esperanza en el futuro. “¿Se puede convertir la desolación en una alegría pequeña pero nítida y firme, como la nota de un diapasón? ¿Sabía mi amigo Camilo Deor lo que me estaba regalando al encargarme la escritura de esta historia? ¿Cómo y cuánto me ha cambiado el escribir este relato?” p. 474.
Otro punto alto es la descripción de los lugares y las características de los personajes. El Quito de antaño se presenta ante nuestros ojos, con una gran precisión en el detalle. El autor ha confesado que eso fue producto de ver muchas fotografías de la época y luego, digo yo, tener la habilidad para plasmar en palabras las imágenes vistas. Es que en el libro abundan las descripciones, especialmente de un Quito que se va rompiendo ante nuestros ojos, que se destruye hasta convertirse en mera imagen de una imagen anterior.
Los finales, que son abiertos, confieren a las narraciones un espíritu utópico, de débil esperanza en los que la realidad puede cambiar o tal vez no; pese a ello los personajes creen y luchan por algo: el primero actúa ante la eventualidad de la muerte de sus amigos; el segundo porque su educación le obliga a cumplir órdenes; igualmente el tercero pero con más dureza; y el último porque no tiene nada que perder; es un mercenario.
El final de la cuarta crónica es poético, esa caravana única partiendo hacia lo desconocido y con el halcón de testigo, es hermosa.
Hay un aspecto llamativo: el juego del tiempo en el que están narradas las cuatro novelas. Dominan los tiempos verbales de toda narración, el pretérito imperfecto y el pluscuamperfecto; sin embargo, breves segmentos están escritos en presente. Y crecen en número conforme avanza la crónica del breve reino. Este recurso es intencional y me atrevo a decir que funciona como un gancho que atrapa la atención del lector, acercándolo a escenas clave. Veamos cuales están en presente:
En Aquilino:
1.- Diálogo entre Sancristóbal y Hertzog. Págs. 188 y 189.
2.- Cuando entran el salón de baile; Cosmo se encuentra con Uribe. Págs. 197 y 198.
3.-Cuando Hertzog esculca las pertenencias de Aquilino y le roba el libro “Las Ruinas de Palmira”. P. 204.

En Adolfo
4.- Una violenta manifestación se cuenta en tiempo presente, pese a que luego se sabe que ocurrió en el pasado inmediato del relato. Esto en el inicio del capítulo dos. “El violento incidente del día anterior había interrumpido la reunión en la que debían planificar el viaje” p. 263.

5.- Tulio Olmedo ve el cuadro Aquilino salvado por su dama, pintado por Uribe. Aquilino protagonista de la primera crónica aparece aquí evocado con la prostituta que le acogió en su casa de citas. Breve pasaje del capítulo dos. P. 267.

6.- Adolfo sorprende a su madre copulando con un negro; Adolfo golpea al hombre. P. 274. Fin del capítulo dos.

7.- Zenobia siente atracción por Adolfo y se lo dice a sus hombres. P. 285.
8.- Zenobia hace el amor con Adolfo, mientras Cosmo es mudo testigo del hecho. Págs. 306, 307, 308. Cap. 5
9.- Cosmo y Zenobia dialogan sobre Adolfo. Ps. 325,326. Cap. 6.
10.- Descripción del paisaje de Palmira. P. 345. Brevísimo pasaje.
11.- Zenobia tiene en sus manos a Uriel, de bebé, y le dice “Aquí serás (…) y aquí lo dominarás todo para mí. P. 363. Breve pasaje.

En Uriel:
12.- El inicio de la cuarta aventura está en presente, prácticamente es un capítulo, en que se detalla la misión a cumplir y se conoce a sus protagonistas. P. 372 a 380. El pasaje más extenso.
13.- Uriel y Damián dan caza a un perro, para comérselo Págs. 391 a 393.
14.- Se ve cómo trata Esterhazy a sus niños-esclavos; dialoga con Cosmo, quien le informa que sus enemigos han muerto. Cap. 3. Págs. 422 a 424.
15.- El espectáculo teatral de Peregrín, Graciela y Pantaleón está en presente. P. 429.
16.- Esterhazy ataca a Ainoa, le lastima el ombligo. Breve pasaje. P. 440.
17.- Buitrón y Puigvalls conversan, luego de que Esterhazy ataca a Ainoa. Breve pasaje. P. 443.
18.- Esterhazy entra en la habitación donde duermen Ainoa y Uriel luego de hacer el amor; después conversa con Quincia, mientras continúan viendo a los dos jóvenes amantes, gracias a varias cámaras de TV. Cosmo también mira a los amantes. P. 454 a 457.
19.- El epílogo de la cuarta crónica también está en presente. P. 474.

Diecinueve momentos a lo largo de la novela están en tiempo presente. El cambio verbal no obedece a un orden cronológico. Prácticamente, dichas escenas resumen o sintetizan la trama.

Únicamente por el detalle de la originalidad de la tetralogía, el libro merece ser leído y difundido (sin tomar en cuenta sus demás atributos). Para empezar, antes no se había intentado escribir una novela total en el país. Hay que subrayar que nuestros autores han preferido escribir cuentos o relatos cortos, y contados se han arriesgado a hacer una novela de gran aliento.
En el país, no he encontrado algo parecido. Es más, solamente en los últimos años se intenta incursionar en relatos de ciencia ficción y policial; en los cuales Páez ha sido uno de los precursores.
Abdón Ubidia se acercó a la ciencia ficción, pero desde el ámbito de la anécdota y posteriormente regresó a una especie de análisis del momento histórico inmediato, en su última obra La madriguera.
Además, las novelas o relatos que toman referencias de momentos históricos o de autores y obras reales han aparecido con fuerza en la nueva literatura. Ahí está el ejemplo de El retorno de las moscas, de Javier Vásconez, homenaje a Eric Ambler, Grahan Greene, John Le Carré, entre otros. Paéz toma hechos de la historia del Ecuador y los convierte en literatura. En literatura de ficción; subrayo esto, pues más allá de la crítica a la sociedad ecuatoriana-que está presente en el libro- subyace la creación de un universo literario más amplio, que no se queda en la anécdota o en usar a la literatura con fines políticos, panfletarios y hasta de venganza personal. De ahí que, como todo buen libro, éste lo disfrutarán también en otros países, sin mayor problema. Ahí encuentro una gran diferencia con otros autores. De la realidad social de los 30 y 40 ni hablemos, es una etapa superada, pero desde los 80 para acá se siente una especie de nostalgia o añoranza en los relatos, a más de que se escribe con una intención moralizante o política. Indudablemente, la obra de Páez sigue otros caminos.

Juan Secaira V.

Juan Secaira Velástegui (Quito, 1971), es licenciado en Comunicación y Literatura, título obtenido en la Pontificia Universidad Católica del Ecuador. También es técnico en Relaciones Públicas. Además, estudió periodismo en la Universidad Central. Ha traba

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